miércoles, 2 de marzo de 2016

EL RENACER DE UN REY (PARTE 8)

Episodio anterior



La mañana empezaba a despuntar mientras Iatsko se encontraba lleno solo con mirar la mesa llena de comida, siempre Orihada se había mostrado muy crítica con el poner comida en la mesa si luego no se iba a aprovechar. Recuerdo ahora con ilusión y añoranza como me regaño aquella vez que traje frutos de un manzano y cerca de una docena de gallos de un huerto cercano, recuerdo aún sus palabras:



“- Iatsko, ¿te vas a comer eso tu solo hoy?

-      Claro que no pero así tendremos para más tiempo. Y no tendremos que salir a buscar todos los días.

-      No funciona así Iatsko, esto no funciona así. Hay una norma que todos deberíamos cumplir para que todo funcione mejor. Todo lo que tenemos es todo aquello que necesitamos. Estas gallinas probablemente pasado mañana estén pudriéndose por dentro. Y ya no te las podrás comer y no le servirán a nadie y abras segado una vida para nada; (me decía esto y me entristecía pensar que había matado a aquellos animales para nada); la vida es el mayor regalo que los Dioses nos han dado tanto animales como plantas son frutos de sus esfuerzos para que todos aquí vivamos día a día. No hace falta querer acaparar más de lo que podamos, pues cuando lo que tenemos este llegando a su fin los dioses proveerán.

-     

-      …”



Recuerdo esos momentos como si hubieran pasado ayer mismo. Momentos felices son los que ahora hierven en mis recuerdos, no soy capaz de tener un solo mal recuerdo de mi vida con Orihada. Bueno la verdad es que no puedo tener un solo recuerdo sin Orihada en mi vida. Pero algo ha nacido en mí o mejor dicho algo ha despertado en mí. Mis ojos no la miran igual tengo imágenes en mi cabeza de ella desnuda en  mi cama y sus piernas envolviendo mi cintura, pero no,… no es eso lo que quiero recordar ahora, ¿Por qué no soy dueño de mis pensamientos? ¿Qué ocurre? La veo marchar en la distancia y no soy capaz de ir a detenerla. Los pasos de su camino avanzan cual reloj de arena arroja sus granos hacia el pozo sin fondo de la caída del tiempo. Me gustaría detenerlo pero en una ocasión ella me enseño que el tiempo esta porque el hombre necesita que esté, ¿Por qué los buenos ratos pasan volando y los malos se hacen eternos? ¿Por qué los Dioses hacen que el tiempo ande a voluntad de sus decisiones y corra y camine y pare a descansar cuando a ellos les venga en gana?

El paso de Orihada se detuvo, no podría describir la imagen de una Diosa en la tierra si no la hubiera visto a ella en aquel risco. El sol la iluminaba no sé si era la brisa meciendo sus cabellos o quizás esa luz dorada del amanecer iluminando su silueta o ese blanco marfil de su sonrisa que embelesaba en la lejanía, o ese frágil movimiento de su mano diciéndome adiós o su mirada llena de sabiduría y condescendencia, o quizás solo porque era Orihada. Mi madre, mi amiga, mi hermana, mi profesora y también ahora creo que mi amada. Será esto lo que ella me definió como “amor” o quizás sea lo que ella me describió como “obsesión” o quizás sea solo miedo a enfrentarme a estar yo solo. Es la primera vez que Orihada se marchaba sin decirme cuando volvería, muchas veces ella marcho pero diciéndome que volvería cuando tuviera que volver y nunca llego a tardar más de una luna. Pero hoy simplemente se va.



Los pensamientos fueron pasando y pasando por mi mente, recuerdos, emociones y situaciones que me hacían recordar mucho más a la reciente partida Orihada, los granos del tiempo comenzaron a transcurrir tan rápidamente que cuando los rayos del sol se posaron sobre mi espalda ya quemaban. ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? No sé, simplemente recogí todo lo que tenía, que no eran precisamente grandes tesoros, incluida la espada de mi padre aquella con la que defendió mi vida y la de mi madre hasta que perdió la suya, algunas monedas y algo de comida. Pensando que hacer o hacia dónde dirigir mis pasos. Quizás termine entendiendo el camino, pero para entenderlo probablemente tendré que intentar con comenzar a andar.



El sol ya estaba en la cima de su reinado cuando comencé a andar, el camino se iba abriendo conforme mis pies iban pisando el suelo. Supongo que mi subconsciente me iba dirigiendo hacia la única persona que conocía, además de Orihada, cuando me sorprendí llegando al pueblo de Selene. Me detuve en las puertas de la aldea, era una aldea chiquita pero con una pequeña muralla que la rodeaba para protegerse de algún ataque, pero contando con que el ataque fuera de pocos efectivos pues no serviría de nada ante un gran ataque. El pueblo estaba lleno de actividad había carros que iban y venían hacia todas partes unos salían otros entraban, la gente iba cargada con cestas, todos me miraban como si fuera uno más pero sin pararse a preguntarme quien era como si estuvieran acostumbrados a ver forasteros en su aldea. Me sumergí en el bullicio y no paré de tropezar con gente era extremadamente agobiante tanta gente a cada paso que dabas. Todo era empujones, voces, gente vendiendo, se me acercó un niño ofreciéndome comprarle fruta, le pregunte que cuantos años tenía y su respuesta fue que eso daba igual que si quería comprar fruta tendría que ser de la suya pues era la mejor del mercado, no creo que tuviera más de 6 años. Mis pasos se dirigieron cada vez más deprisa, hacia ningún sitio que yo supiera, era como si la prisa de la gente fuera contagiosa. Me sentía como cuando llegaba tarde a la cena, cosa que no le gustaba nada a Orihada pues se preocupaba si no estaba en casa cuando el sol se ponía, y no tenía intención de llegar a ningún sitio. Me vi casi en las puertas de una taberna, decidí entrar pues pensé que estaría más tranquila, cuan equivocado estaba el bullicio allí era más abrumador risas, golpes, voces, una temperatura bastante elevada y una sombría oscuridad lo cubría todo, solo se veía, medianamente bien, cerca de los candiles de aceite.



Me senté en una mesa vacía, llena de cubiertos y platos sucios. Estuve esperando a que alguien me preguntara si quería algo, según las historias que Orihada me había contado eso funcionaba más o menos así, te venia a servir el tabernero y tu le pedias lo que querías y al final había que pagarle con algunas monedas. Poco a poco la gente iba comiendo, bebiendo algo de unas jarras de madera, algunos dormían encima de las mesas otros se iban tambaleando desde la mesa hasta el exterior. Otros se peleaban entre si teniendo que ser separados por otras personas que estaban allí. La verdad que el tiempo allí pareció detenerse. Cuanta gente iba allí a comer y beber, casi todo eran hombres quizás la única mujer que había era una que iba saltando de mesa en mesa de brazos de un hombre en brazos de otro. Poco a poco la taberna se fue quedando casi vacía y yo comenzaba a tener hambre pero a mí no se me acerco ningún tabernero a preguntarme que quería, o si lo había hecho yo no me había dado cuenta a lo mejor con el bullicio, si el hombre habló bajito quizás no me enteré. Miré debajo de la mesa, porque en una ocasión Orihada me contó que había hombres que no subían más de una mesa de altura del suelo, los llamaban enanos, pero yo no vi a nadie, mire de un lado a otro pero no logre encontrar a nadie allí debajo. Cuando me incorporé sobre mi silla de pronto hoy una voz diciéndome:



-      ¿Ha encontrado usted lo que andaba buscando?

-      (Sorprendido, respondí) Pues la verdad es que no, no lo he encontrado, pero es que no sé si realmente estaba ahí.

-      (Con una cara un pelín sorprendida me volvió a preguntar) ¿Qué es lo que estaba buscando?

-      Al tabernero. Miraba a ver si se había escondido debajo de la mesa.

-      ¿Cómo…? (Dijo la mujer soltando una grácil risa.)



Reconocería esa sonrisa hasta en las puertas del infierno, mi rostro tuvo que reflejar el calor de las lámparas de aceite pues sentí como las mejillas comenzaban de repente a parecer ascuas de un brasero ardiendo. Comencé a sudar, sentí algo extraño al ver que se reía de lo que yo había dicho. Era Selene. Esa sonrisa, esa melena, esos ojos no los olvidaría desde que la vi aquella vez en el rio.



-      ¿Va usted a tomar algo o piensa seguir buscando al tabernero debajo de la mesa?

-      No claro, seguiré esperando a que venga.

-      Veamos caballero, el tabernero no va a venir.

-      Y eso ¿por qué? ¿está enfermo?

-      Ja, ja, ja,… está usted de broma venga hombre que no tengo tiempo para perderlo aquí todo el día, la tabernera soy yo.

-      No, claro,… (respondí)…póngame algo de beber y de comer.

-      ¿Qué es lo que quiere?

-      No sé,… sugiérame usted algo.

-      ¿Le apetece una copa de vino de manzana y una ración de carne de jabalí a la brasa?

-      Por mi perfecto. Gracias ¿Cuánto es?

-      ¿Cómo…? Espere a comerse la comida y luego le traigo la cuenta.

-      A vale perfecto.



Selene se fue de la mesa mirando de vez en cuando para mí con cara extraña. Creo a mi parecer que he hecho el ridículo hablando con ella. Claro como no se me ocurrió pensar que ella podía ser la tabernera. Poco después me acercó la copa y el plato con la comida y un gran trozo de pan de centeno. Empecé a comer y la comida estaba muy buena y el vino estaba excesivamente fuerte no había bebido vino nunca pero te dejaba un sabor muy bueno en el paladar. 



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