miércoles, 4 de marzo de 2015

EL RENACER DE UN REY PARTE 2


Pues bien esa es la leyenda, hoy 18 años después de aquel día estoy solo en mitad del bosque buscando un árbol donde rendirme a la lucha de la vida y dejarme morir, no llegue a mi destino, la muerte me sobreviene y no sé enfrentarme a ella, esperando sus garras estoy y pensando que la vida no tiene sentido, luchar por un trozo de metal para saber quien manda. La leyenda sobre mi nacimiento se fue agrandando, unos dicen que llegaría en un caballo alado, otros que a lomos de un león de fuego, otros que el río endurecería sus aguas para que pudiera deslizarme sobre ellas desde la montaña de los Dioses y recoger la venganza que todos anhelaban. Pues no, estoy muriéndome solo con una daga clavada en el vientre y desangrándome como un cerdo que no aspira a otra cosa que no sea sino que se acabe ya este momento y que no sea demasiado doloroso, me había creído mi propio destino hasta tal punto que no creía que fuera ni difícil conseguir rehacer mi pueblo, tan escrito estaba que ni la muerte se atrevería a mirarme por la espalda, pues así fue, no me miro por la espalda fue de cara y una simple riña fue suficiente para enseñarme que el camino de mi muerte estaba tan cerca de mi que solo tenia que cambiar de sentido mi camino. 

Orihada me envolvió en los trapos que mi madre tenia en sus manos, trapos empapados en sangre y tizna. Pobre mujer, viéndose morir guardo sus pocos recursos y sus últimos alientos para entregármelos a mi, no saben como pudo sobrevivir y tenerme a mi, en su estado, pues estaba echada en el tótem con mi padre echado en sus espaldas, victima que fue del amor de su familia, murió protegiendo a su amada esposa y su futuro hijo, estaba cubriéndola con sus brazos y en su espalda tenia clavada la espada de Antor, Rey de los invasores. Su espada atravesaba el cuerpo de mi padre y había alcanzado mortalmente a mi madre que entre dolores y llantos, humos y desalientos, saco fuerza de donde no existía, dicen que las manos del Dios que me protegía salieron de la misma madre tierra para poder ayudarla a darme vida y una vez me vio pudo descansar y solo me pidió que me callara que no llorara. Dicen que los niños no pueden recordar esos momentos, pero yo no recuerdo nada más que la mano de mi madre, una mano fina y delgada, cubierta por el negro hollín y cubría sus lindos y carnosos labios pidiéndome silencio, una lagrima caía por sus mejillas mientras sus ojos se cristalizaban al dejar salir su vida a través de ellos, no los cerro, no me quiso dejar solo y se quedo mirándome para darme confianza, no recuerdo nada mas que un momento, una cara un gesto, supongo que no todo el mundo ve morir a su madre a la misma vez que viene a este mundo a nacer por la esperanza de un pueblo. Si, yo también a veces pienso que me lo he inventado, que ha sido un sueño, pero siempre ha sido la misma cara y el mismo gesto y cuando dudo Orihada me responde que solo los Dioses saben por que los hombres sabemos las cosas que sabemos sin tener intención de saberlas, que sus motivos son los que nos hacen plantearnos la vida tal y como la conocemos.

No hace falta decir que para mi Orihada fue una madre, una maestra, una líder, fue lo que todo niño necesita una madre, un padre, una protectora una amiga, una amante,… Fueron tiempos de espera y conocimiento, durante los cuales fui oyendo hablar de mi leyenda, de lo que la gente esperaba de mí, de mi resurgimiento, de mi necesidad de ser un formidable guerrero de ser un líder, de ser simplemente un Dios en la tierra.

Orihada tras recogerme de las cenizas de mi pueblo se limito a decir que algún día la resurrección de la tribu sería llevada a su termino por el nuevo Rey oculto en las sombras, que será digno de llevar el cetro para volver a ser el representante de los Dioses en la tierra y que entonces llegaría la justicia al valle. Tras decir esto se retiro al interior del bosque con aquel bebe en sus brazos cubierto por unos pocos trapos de las vestimentas desgarradas de su madre. 

El tiempo fue pasando y día tras día el niño que había nacido se convertía en un hombre que aprendía de la vida a defenderse, a sobrevivir y a luchar, el entrenamiento entre ella e Iatsko comenzó a la temprana edad de 3 años, era un juego, era simplemente luchar para poder jugar, no había otro juego que la lucha y el ejercicio físico, cuando no hacíamos eso se limitaba a enseñarme como conseguir comida para poder sobrevivir en caso de que algún día faltara ella de mi lado, cosa que según las estrellas no sucedería hasta el momento de mi partida. Una de las cosas que más me gustaba era en las calidas noches de verano tumbado en el refrescante suelo observando las estrellas. Orihada me contaba que la estrella más brillante en el cielo era el que fue mi padre que pretende iluminar mis pasos en esta vida para que sea capaz de hacer resurgir mi pueblo, decía que junto a él estaba una un poquito mas pequeña que era mi madre, un poquito más arriba estaba yo, era una estrellita pequeña pero muy brillante y junto a mi estaba la suya era un poquito mas grande pero menos brillante para hacerme resaltar a mi, ya que ella no debía de destacar, solo ayudarme a encontrar mi destino. Parece mentira pero tantas veces me pregunte porque no había mas niños, no tenia con quien jugar para ganarle en batallas, no sabia que eran los niños, me había criado solo junto a orihada y solo sabia lo que ella me había contado de la gente solo una vez conocí a una niña más joven que yo. Me llevo a verla al río desde la otra orilla encaramados a unas ramas, según Orihada tenía que conocerla antes de que cumpliera las 72 lunas, aproximadamente unos 6 años, ella sería la que me haría sentir deseo y fuerza, nunca entendí que quiso decir con aquello. La vi muy pocas veces, pero la primera vez fue una visión, era graciosa, jugueteaba con el agua como yo nunca lo había hecho, tenía el pelo largo y oscuro, ella y dos amigas suyas habían bajado al río para lavarse. El día soleado ayudaba a que Selene, así era como se llamaba la muchacha según me dijo Orihada, y sus amigas se entretuvieran en los juegos en el agua. Le pregunte a Orihada que porqué tenía que conocerla y su única respuesta fue la más habitual en ella: “Todo a su debido tiempo Iatsko, no seas impaciente.” Estuvimos un rato largo pero recuerdo solo un momento, una visión fugaz aquel recuerdo. Sentí mucha curiosidad por saber quien era, pero no le di mayor importancia en aquel momento, a estas palabras solamente agregó: “Además de sensaciones te ayudará a revivir cuando la muerte crea ganada vuestra batalla y quiera recoger su preciado trofeo, tu alma.”


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